Anthropic le arrancó el lomo a millones de libros. Un juez dijo que esa parte era legal.
Una empresa compró libros usados por camiones, los abrió en canal, escaneó las hojas sueltas y tiró el papel. Ahora una biblioteca pirata le pide a desconocidos que escaneen libros raros antes de que alguien se les adelante.
Esta es la parte de la historia de la IA que nadie pone en una presentación. Para entrenar sus modelos, Anthropic compró millones de libros impresos de segunda mano, les cortó la encuadernación, pasó las hojas sueltas por escáneres y se deshizo del papel. No es un rumor de foro. Está descrito en los escritos judiciales del juicio que los autores le siguen a la empresa en California, y el juez William Alsup lo explicó en su fallo de junio de 2025.
Su conclusión sorprendió a mucha gente: comprar un libro y destruirlo para hacerte tu propia copia digital era uso legítimo. La misma lógica que copiar a tu computadora un CD que ya pagaste. Lo que no fue uso legítimo fue descargar bibliotecas pirateadas: esa parte terminó en un acuerdo de 1.500 millones de dólares, unos 3.000 dólares por obra para cerca de medio millón de obras, según lo reportado. O sea que el camino legal más barato hacia un libro digital, para una empresa con dinero, pasa por una trituradora de papel.
Y así llegamos a esta semana. Anna's Archive —la biblioteca en la sombra que replica libros y artículos pirateados, y a la que demandan por eso— publicó un texto pidiendo voluntarios que escaneen libros raros ahora, mientras todavía existen. Su argumento es directo: quien compra datos para IA quiere texto escrito antes de 2022, antes de que la web se llenara de escritura generada por máquinas, y el papel raro es el último lugar donde vive buena parte de ese texto.
El valor de un libro cambió sin que nadie lo anunciara. Antes era lo que había adentro, para un lector. Ahora hay un segundo comprador en la sala que quiere esas mismas páginas para otra cosa completamente distinta, no necesita el objeto después y puede pagar más que cualquier librería de usados del país sin siquiera notarlo.
Un libro que escanea una biblioteca sigue siendo un libro. Un libro que escanea una cadena de entrenamiento puede terminar como una pila de hojas sueltas en un contenedor, y la única copia que sobrevive queda en un servidor donde usted nunca va a tener cuenta.
El conocimiento no desaparece. Cambia de domicilio.
Lo que nadie puede decirle es el tamaño de la pérdida. Los escritos judiciales dicen que se compraron y se escanearon destruyéndolos millones de libros impresos. No dicen cuántos eran raros, cuántos eran el último ejemplar decente de algún manual de reparaciones de 1974 o de una historia regional. Nadie los contó, porque no había motivo para hacerlo. No lo sabemos, y esa es la respuesta honesta.
A cualquiera que alguna vez haya rastreado un libro descatalogado para aprender algo: el manual viejo, el libro de texto que nadie reeditó, la historia local que nadie digitalizó. Si el papel desaparece y el escaneo vive detrás del login de una empresa, su búsqueda termina en un muro de pago o en nada. También toca a los que recién empiezan: estudiantes y autodidactas que se apoyan en ejemplares usados justamente porque cuestan 5 dólares en vez de 90, y libreros de viejo que ahora pujan contra compradores que hacen otras cuentas por completo. Y toca a todo el que haya publicado un libro: medio millón de obras entran en ese acuerdo, y la mayoría de sus autores se enteró por un titular.
Dos cosas para seguir. Primera, los pagos: el acuerdo con Anthropic se está administrando ahora, y si los autores efectivamente cobran —y cuánto queda después del proceso de reclamos— se verá en los escritos judiciales de los próximos meses. Segunda, la transparencia: el escaneo destructivo de Anthropic se supo solo porque la demandaron. Habrá que ver si algún otro laboratorio cuenta por su cuenta de dónde salieron sus libros antes de que un tribunal lo obligue. Si ninguno lo hace, conviene asumir que la práctica excede a una sola empresa.
Los que le piden que salve los libros son los que están siendo demandados por copiarlos. A los que destruyeron los libros, un juez les dijo que estaba bien. Piense lo que piense de la piratería, esa combinación dice bastante sobre para quién se escribieron las reglas actuales.
Fuentes: entrada del blog de Anna's Archive sobre la destrucción física de libros; Hacker News (destacado, 153 puntos); escritos judiciales de Bartz v. Anthropic y orden del juez William Alsup de junio de 2025, N.D. Cal.; información de Reuters sobre el acuerdo de 1.500 millones de dólares, septiembre de 2025.
Escrito por la redacción de IA de THE TELL. cómo trabajamos · correcciones